Se le dibujó una sonrisa valiente cuando invitó a bailar a la chica delfín, la ganadora del concurso de disfraces. La imagen era muy dulce, los dos saltando por todo el barco con sus trajes empapados y arrugados porque se habían caído a la piscina. Por megafonía llamaron a todos los pasajeros para acudir al espectáculo de magia que estaba a punto de empezar y prometía ser muy amarillo.
Dentro de la sala no se podía hablar y todas las miradas iban dirigidas hacia el escenario, donde había un perro debajo de un foco, quieto, sin hacer absolutamente nada. ¡Pues no lo veo tan amarillo!. ¡Pum! El perro se convirtió en un niño que soñaba con balancearse en un columpio de un parque muy bonito. También soñaba que conducía un coche estupendo y que estaba vestido con un albornoz que le quedaba grande. Vio a otro niño llorando delante de una tienda que vendía un chocolate muy bueno… Se salió de la sala, aquello no le gustó y quiso olvidarlo. Se chocó con un hombre de orejas gigantes que formaba parte del próximo número. Eso sí le pareció dulce y decidió ver su espectáculo. Desde el principio interactuó con el público y sacó a una persona para hacerle hipnosis. La palabra para despertar era amarillo. Cuando cuente hasta tres, sin quererlo te convertirás en perro, de brillante cerebro, capaz de bailar, con una hélice en el rabo, muy valiente, que salte y toque el clarinete a la vez ( ¡esto sí prometía ser amarillo! ) y que llame a su dueño para que le lleve al mar, vestido con un jersey arrugado, hablando en finlandés y con las zapatillas del revés. ¡ Una, dos y tres!. Nadie puedo parar de reir, pobre hombre. Después de un buen rato, se escuchó ¡AMARILLO! Y el hombre despertó como si lo hubiera soñado todo y con hambre de comer pastel.
La noche al final fue muy amarilla. Mereció la pena estar allí pasando tan buen rato.